Meter un dedo en el agua. Arrancar el musgo con las uñas, dejándolas llenas de tierra. Permitir al airecillo bailar bajo la ropa. Contar las hojas que caen, una, dos, cuatro, veintiocho. Ver rojo casi brasa, ocre casi lienzo surrealista, gris casi muerte roca, verde casi ojos, verde ojos, verde ojos, verde ojos, digo verde casi discordante con otoño; casi primavera. Sol acariciando la cara entre las ramas. Frío en los brazos. Chapoteo. Mano blabca lanzándo cantos rodados. Misma mano traslúcida sumergiéndose entre otrigas. Y dolor consciente y morboso y concedido. Tintineo y más dedo en el agua, buscando voces lejanas, crujidos dentro. Incoherencia (un lecho terminal con tanta vida).
Y ahora vendárme los ojos. Buscar a ciegas otro cuerpo y sólo escuchar. Compás (tu respiración, tu respiración..).
sábado, octubre 18
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2 comentarios:
He acabado embotado (en el buen sentido) de colores.
Besos
Entre tanta palabra solamente me viene a la cabeza un hecho traumático de cierta referencia a las novelas de terror. El temor del protagonista, que sin causa ni menoscabo, sobrevive a merced de la furia del asesino, que en venganza trata de matarlo.
¡¡ Acción !!! no, acción no, algo de ternura y tendremos el juego de dos adolescentes buscándose entre las caricias al lado de un río.
O mismamente, la gallinita ciega.
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