sábado, octubre 18

Meter un dedo en el agua. Arrancar el musgo con las uñas, dejándolas llenas de tierra. Permitir al airecillo bailar bajo la ropa. Contar las hojas que caen, una, dos, cuatro, veintiocho. Ver rojo casi brasa, ocre casi lienzo surrealista, gris casi muerte roca, verde casi ojos, verde ojos, verde ojos, verde ojos, digo verde casi discordante con otoño; casi primavera. Sol acariciando la cara entre las ramas. Frío en los brazos. Chapoteo. Mano blabca lanzándo cantos rodados. Misma mano traslúcida sumergiéndose entre otrigas. Y dolor consciente y morboso y concedido. Tintineo y más dedo en el agua, buscando voces lejanas, crujidos dentro. Incoherencia (un lecho terminal con tanta vida).
Y ahora vendárme los ojos. Buscar a ciegas otro cuerpo y sólo escuchar. Compás (tu respiración, tu respiración..).

viernes, octubre 3

No podía plantearme otra forma de exprimir esa vida. Si era aquello lo que me había tocado, sabría malgastarlo y desperdiciarlo a mi manera, (la mejor de las mejores posibles). Y así se escurrieron mis años con sus días y esa inconsciente forma de pensar. Y no me arrepiento.
Que no, no hay arrepentimiento, todo giraba en un delirio constante y era luz, todo, silencios. Si existía reposo era por dedicación, tocarnos el alma, mordernos lo huesos; mancharnos de tinta hasta ser enteros azules, negros. Pero eran aquellos días. El mar nos arrancaba la piel a trizas y cada bocanada de salitre, culpables de nuestra inocencia.

Inocentes jactanciosos.